Contaba Umberto Eco el caso de una señora, en los sesenta, que lamentaba la abusiva irrupción del televisor en su vida: "Maldito invento, que no me deja ni planchar". Otras veces su encendido es más hermoso. En el Sarajevo asediado mucha gente enchufaba la televisión a la dínamo de una bicicleta y pedaleaba con furia durante la media hora de los informativos. Cuando la actualidad ya no traía nada bueno ni nuevo, algunos se ejercitaban para ver los goles del Mundial.
Hoy los grandes partidos y sus plumillas están molestos porque un tipo al que con clasista desdén llaman El Coletas se ha hecho muy conocido tras frecuentar los platós. Denuncian que un sector del paisanaje ha dejado de picar cebolla, y de tragarse las lágrimas, para atender a su discurso. Deploran que numerosos ciudadanos incluso se han puesto con rabia a pedalear, a buscarle en las ondas, en la red, en la calle y al fin en las urnas imantados por su labia. La televisión, ya tocaba, ha parecido nutritiva.
Los plañideros olvidan que esas mismas tertulias que ahora detestan por encumbrar a un extraño han sido casi siempre el chiringuito donde sólo monologaban tigres y leones, ya fueran vestidos de políticos o de periodistas. Si "por culpa" de salir en la tele un salmón les ha mordido el borde de la tostada, "gracias a" salir en la tele día y noche esos elefantes se han comido la tostada entera durante años. Y olvidan, sobre todo, el infinito hartazgo de parte de la población, que no necesita mando a distancia para pulsar su dolor de tripas, de paro, de ojos y de asco. Tanto reírse de las batucadas, y el tamtan de la indignación se les ha colado vía satélite.