en estos días tan importantes para España, parte del nacionalismo periférico se está absteniendo, o no se está mojando en exceso, o está mirando de lado y con recelo, o está marcando la diferencia o, en fin, a ratos parece como que la cosa monarquicana y la novedad electoral vallecana no fuesen asunto nuestro. Mentiría si dijera que abunda la postura que aboga por el que se maten entre ellos, ese grito tan cínico y xenófobo, pero el desapego de algunos sí recuerda a aquel viejo y, ¡menos mal!, minoritario escaqueo: "Esta guerra no es la nuestra".

Esta guerra, por fortuna o por desgracia, sí es la nuestra. Se puede cambiar de cadena o chaquetear según el rival o incluso desear que pierda cuando juega la selección española. Los sentimientos son libres e ingobernables, y aquí uno quiere que el Mundial lo gane Bosnia. Sin embargo muchas de las leyes que rigen nuestra vida, que nos facilitan o amargan la existencia, no se deciden en nuestro corazoncito ni en el área pequeña. Se establecen en ese parlamento, y en ese imperio, donde ahora toca discutir sobre la realeza.

De modo que si alguien prefiere no asistir a la reunión de la comunidad con los vecinos de abajo, que al menos sea consciente de que la derrama la pagaremos entre todos. La Monarquía española no es buena o mala porque sea española, sino porque es Monarquía. Por si eso fuera poco, arrastrando ese gentilicio su vigencia o desaparición nos influye bastante más que si habláramos del último rey de Escocia y el príncipe de Beukelaer. Tanto ver los toros desde la barrera, tantos remilgos por el color de las banderillas, y luego lloraremos cuando el Miura nos cornee.