Estas noches brasileras, miles de parisinos apoyarán a Camerún, miles de madrileños a Ecuador, miles de berlineses a Croacia y millones de angelinos y tejanos llorarán de pena o alegría viendo a los equipos de México, Colombia y Honduras. Si mañana jugara Malta -¡ojalá!- numerosos habitantes de Sidney, Londres y Toronto aplaudirían a futbolistas de un país que muchos ni siquiera han visitado. Quiere eso decir que el lugar donde viven, o incluso aquel en el que han nacido ellos y sus padres, es más querido que amado, más conveniente que emocionante. ¿Algo que objetar?

Josep Pla afirmó que el primer rasgo de identidad ampurdanés es el afán por estar al corriente de los pagos de la contribución, y no es una mala idea de civismo. Cuando más aprietan los medios para que nos identifiquemos con unos colores concretos; cuando más nos exigen emborracharnos de una patria determinada; cuando menos se nos permite sufrir o reír con la bandera que nos plazca, o con ninguna, urge recordar que nuestro único deber ciudadano es cumplir la ley. No menos, pero tampoco más. Pues cabe ser chiquistaní de censo y sangüesino de corazón, y obrar y silbar a un árbitro en consecuencia.

Así que desde el punto de vista administrativo, cantar "¡yo soy español, español, español!" es un añadido tan críptico como superfluo. Es un anexo innecesario del BOE que solo afecta a los interesados. Se cuenta de Bernarda, la cantaora, que en un rascacielos de Nueva York echó la mirada al horizonte y se preguntó: "¿Por dónde caerá Utrera?". Estos días brasileros, cada vez que obligan en la tele a vestirse de Camacho, yo también dudo y buceo en el mapa: "¿Habrá empatado ya Japón?"