hace tiempo acuñé la expresión "dictadura de la cuadrilla", que los amigos me han oído decir alguna vez. Y es que yo soy muy de amigos y muy poco de cuadrilla, aunque a ciertas edades para conservar los primeros haya que obedecer a la segunda. La cuadrilla es a menudo cruel, exigente, impecable y uniformadora. Se ríe demasiado de tus errores. Te pide cuentas si faltas a una mani o fallas un viernes. Te recuerda tus devaneos con extraños. Y te somete a ti, y al grupo, a un mínimo común denominador que excluye asuntos que a alguien no interesen, discusiones que causen mal rollo o confesiones que impliquen mojarse. De ese modo la cuadrilla es capaz de dedicar mil noches al penalti de Messi y ni una mañana al terrible fuera de juego laboral o sentimental en el que se ha quedado uno de sus miembros.
La cuadrilla unida da miedo y desunida, pánico. Así que pasarán décadas sin que uno sepa realmente qué piensa el colega de txoko, ni qué vota, ni cuánto cobra, ni qué sueños ha alimentado y decepciones ha tenido. En la cuadrilla se sabe si el amigo bebe cerveza o kalimotxo, pero no se sabe cómo se lleva su familia. En la cuadrilla se conocen pronto los gustos carnales del prójimo - ¡qué tetas! - pero siempre se conocen tarde sus crisis matrimoniales. La cuadrilla, amigos, es la apología de la superficie, y ahí no se siente, se milita. Yo soy muy de amigos, e incluso muy de amigos dentro de la cuadrilla, y muy poco de esas enormes cuadrillas tan huecas de amistad. Una cuadrilla que busca cita en la tele es un consejo de ancianos tasando hembras para Flecha Mojada. Defenderé la casa de mi padre, si me levanto con ganas. La cueva, nunca