El alemán Bernd Schuster besó con igual pasión, entre otros, el escudo del Barça, Real Madrid y Atlético. Así que nada impedirá a Alfredo Pérez Rubalcaba acordarse equitativamente, ahora que se va, de la gente de Barbate, Torrelodones, Laredo y Seseña. El longevo orador lleva veinte años en el Congreso tras presentarse por las provincias de Toledo, Madrid, Cantabria y Cádiz. Ni los propios gaditanos saben que hoy calienta escaño arropando los intereses de la Tacita de plata, sin duda con el mismo ardor que ayer gastó en glosar el paisaje santanderino. Digo yo que similar compromiso mostraría anteayer al defender el honor chulapo, y anteriormente la tolerancia de las Tres Culturas. El eslovaco Ladislao Kubala sintió parecido orgullo al jugar con Checoslovaquia, Hungría y España.

Nada nuevo bajo el sol parlamentario. Si uno quisiera destacar la carrera diplomática de Gustavo de Aristegui no necesitaría comprar la bola del mundo: le bastaría con recordar que el madrileño fue diputado durante una década tras engordar las listas electorales de Gipuzkoa, Ciudad Real y Zamora, sin que haya noticia de que bebiera sidra ni comiera jamón en la plaza equivocada. Un cantaor que se precie jamás cometería el error de Miley Cirus ondeando la ikurriña en Barcelona: en Jerte se alaban las cerezas y en Segovia el cochinillo. El Estado de las autonomías no es un disparate, tal como afirma la ultraderecha. Pues para muchos es una variada agencia de colocación antes de pegar el jubiloso pelotazo. En fútbol te llaman de Qatar y en política de una compañía eléctrica. Mal va un país donde ya no hace falta ni la demagogia. Con la descripción sobra.