Hay quien pasa una tarde en Marbella y resume así la experiencia: “Estaba todo Pamplona”. Y hay treinta y cuatro paisanos cuya opinión ha bastado para que el CIS retrate a un reyno entero, alcance portadas y caliente cerebros. Basándose en la respuesta de esos involuntarios pioneros, que quizás la mañana en que fueron encuestados protagonizaban Cualquier día, de Piperrak, o Siempre Igual, de Los Suaves; que acaso estaban percutiendo, o haciendo las maletas, o cambiando los pañales a un bebé aún apátrida, en fin, tomando como referencia la rápida quiniela de menos de tres docenas de personas se ha llegado a la conclusión de que un escaso 2,9% de los navarros se define como español.
De modo que solo uno de los treinta y cuatro ejemplares, dicho en sentido literal, optó por la
rojigualda. No sé a qué espera el Imperio para homenajear a ese último de Fustiñana, un suponer. Con tocar otra puerta en lugar de la suya se podía haber logrado un titular rotundo, absoluto, definitivo. Y qué diferente, comparan, es el orgullo castrense en Ceuta y Melilla, donde la radiografía se ha elaborado tras entrevistar a una multitud de cuatro peatones. Lo hermoso es que con eso ya está montada la partida de mus. Lo grave es que también sirve para orientar al Ministerio de Defensa.
Nada hay de malo en airear la identidad. La verdadera afición, sin embargo, se demuestra en las urnas. Lo otro, la serpentina de un sondeo alucinógeno, alimenta miedos, ilusiones, paranoias y frustraciones. Y eso sin contar que varias características nos definen, separan y unen más que la bandera o el himno, tanto en la vida como en el voto. Mi chica era nipona, y yo tampoco.