Cuando yo era pequeño, mis primos de Fuenterrabía eran de Hondarribia. Quiero decir que igual naturalidad había en el modo en el que ellos, los locales, llamaban a su pueblo y la manera en la que nosotros, los forasteros, lo llamábamos. Nunca nadie vio en la opción ajena una señal sectaria. Desde 1989 el municipio tiene un solo nombre administrativo, y así se ha demostrado que aquello de ohitura lege no siempre funciona en este orden. Sin duda para muchos lugareños la costumbre se hizo ley; pero para otros ciudadanos del país fue la ley la que alteró la costumbre. Evaristo gateó en Salvatierra y luego cantó en Agurain.

Supongo que tras aquella decisión historicista latía, además, cierta motivación política. El hecho es que hoy ninguno de mis sobrinos, sean de aquí o de allá, hablen una u otra lengua, usa el topónimo castellano. Su elección no es ideológica: simplemente han crecido oyendo el Hondarribia oficial. Cabe discutir sobre la idoneidad del cambio, claro. Pero algo que no resulta muy trágico en privado tampoco debería serlo en público. Los que hemos vivido entre dos épocas asistimos con media sonrisa a la charla entre abuelas y nietos, unas preguntando qué tal las fiestas de Alsasua y otros respondiendo que en Altsasu todo guay. Para mí Dubrovnik es la Guerra de los Balcanes, y para ti es Juego de Tronos.

Ojalá un día ocurra lo mismo con el alarde, con los alardes, y con cualquier tradición que se siente traicionada. Ya que la distancia nos nubla el juicio -“los de fuera no entendéis esto”-, quizás sea el tiempo, y la ley, quien nos lo ilumine. Veremos quién recibe mañana de espaldas y con un plástico negro a su biznieta.