es evidente que en el País Vasco cuanto más se asciende en la escala institucional menos importa la llamada lengua propia. Así es sencillo encontrar polideportivos donde el bedel debe saber euskara y el gestor no; medios públicos donde al periodista se le pide un perfil y a su jefe jamás; universidades donde se requiere un idioma que el rector ni estudia ni estudiará; y consejerías de Educación, Interior o Sanidad que imponen un nivel a maestros, médicos y policías que los consejeros no han alcanzado ni alcanzarán. En este mundo marciano es posible, sí, elegir a un no vascoparlante para dirigir Donostia 2016, y afirmar en su presentación que la lengua vasca será el principal eje del proyecto.

A diferencia de muchos que hasta aquí tal vez estén de acuerdo, yo sí creo en la capacidad de Pablo Berástegui para capitanear con éxito ese barco cuyo eje nunca será -¿tiene que serlo?- la lengua vasca. Con su brillante currículum y buenos asesores tampoco crearía un grave problema si no supiera castellano. La falta es más simbólica que práctica, lo cual no la hace menos excluyente. Pues de igual modo creo en la capacidad de bomberos y fisioterapeutas cuya aptitud lingüística sí puntúa en una oposición, y con ellos no se tiene la consideración ni se aplica la racionalidad que justifican el nombramiento del pamplonés. Con ellos sí, con ellos se subraya el valor simbólico y ejemplarizante de la discriminación positiva. De nuevo se muestran la infinita hipocresía y el pavoroso clasismo cultural de este bendito paraje, un lugar tan raro que uno hasta puede presidirlo sin ni siquiera chapurrear el idioma que en alguna medida le exigirá a su jardinero.