Varios medios han revelado un dato que, sin duda, le hacía falta a la ciudadanía, al electorado y, en particular, a usted mismo: Pablo Iglesias no deja propina. En concreto han informado de que almorzó en un fogón abulense con su novia -“clan izquierdoso”, les llaman- y al pagar la cuenta se olvidó de soltar unas monedas para los camareros. Hace poco también supimos, y hubo prueba fotográfica del delito, que habla por el móvil mientras conduce. No se distingue si el coche está parado o en marcha, pero eso a quién le importa. En sus diarios cuenta Bioy Casares que, tras comer en su casa, “Borges hoy no orinó en la letrina sino en el piso, y por esta mala puntería lo he desviado de mi baño a otro”. Pronto nos alertarán de que Pablo Iglesias, sin el eximente de la ceguera, no encesta al lanzar el hueso del melocotón al cubo de la basura.

Es lo que tiene la crítica cuando se desboca: que empieza uno culpando al prójimo de importar la revolución bolivariana y acaba acusándolo de llevarse el champú del hotel. Es lo que tiene, también, la información cuando se adhiere en exceso a una causa política, la que sea: que en su afán por ser sombra fiel de una ideología termina convirtiéndose en su ridícula flatulencia. Mientras escribo estas líneas un periodista andaluz afirma que Pablo Iglesias prohibirá la Semana Santa y la Feria. Yo creo que ya es hora de que el eurodiputado abandone los platós y ceda el micrófono a esos agoreros. Ellos solos le harán una publicidad que ni el más lúcido creativo argentino sería capaz de imaginar. Pablo Iglesias envenenó a Chanquete. Pablo Iglesias falló el gol de Cardeñosa. Pablo Iglesias es la chica de la curva.