Supongo que usted también habrá recibido chistes sobre la epidemia, e incluso habrá reenviado alguno. Casi todos lo hemos hecho. El más blanco y logrado es ese en el que Sergio Ramos, con gesto de filósofo, muestra su disgusto: “¡La que está liando Jordi Ébola!”. Yo me pregunto quién dispone de tiempo e imaginación para crearlos. Y me pregunto, además, y con cierta incomodidad, dónde ponemos el límite del jolgorio, en qué momento una gracia pierde su gracia abusando de la desgracia. Al ver que la OTAN intensificaba el bombardeo sobre Serbia, Peter Handke escribió: “Me imagino que a estas alturas, a los habitantes de Belgrado, siempre dados al humor negro, ya no se les ocurrirá hacer chistes como al principio. Llamarán a Belgrado simplemente Belgrado, y no Bombay”. La chirigota lo es menos cuando el dolor llama a tu puerta.
Humor es distancia, espacial y temporal, y por eso me temo que cada mañana aguantaremos menos bobadas sobre el ébola. De la carcajada al pánico puede haber solo una etapa, y tal vez ni siquiera nos quede el consuelo, parada y fonda, de la sonrisa. El verdadero termómetro del miedo no será la cara de la ministra del ramo, sino el declive de las gracietas sobre la enfermedad. Y de igual manera en que hoy nadie manda chistes sobre el cáncer -ni puta gracia-, llegará un día en que, como ya pasa en Alcorcón, más de uno se lo pensará antes de pulsar la tecla de reenviar chuscadas. Este gobierno caerá, si cae, cuando ni Julio Iglesias -¡y tú lo sabes!- sea capaz de divertirnos con sus reflexiones. A mí esto del ébola, siento ser un aguafiestas, no me hace ya ninguna gracia. Y a la enfermera, menos. Muerto el perro, empezó la rabia.