Se ha publicado un estudio sobre chistes que antes eran chistes y ahora no lo son. No es que hayan desaparecido de la escena porque aburran al paisanaje, que eso aún no se ha verificado: es que simplemente está prohibido contarlos en público. Lo mismo sucede con estribillos de ayer que ya no pasarían el filtro de la condena mediática y palabras que un colectivo juzga venenosas y se empeña en desterrar del uso común.
Escribir, cantar y hasta hablar sin que alguien se sienta ofendido es a estas alturas una tarea muy difícil. El primer disco de Siniestro Total en estos tiempos no saldría a la calle. Incluso el nombre del grupo molestaría a alguna coordinadora de accidentados o compañía de seguros. Y no mentemos asuntos ideológicos o toponímicos, tan a menudo mezclados: no hay un Eskorbuto ibérico, ni siquiera de Sabadell, que hoy se atreva a berrear Maldito país, España y A la mierda Cataluña. ¿Existirá en Móstoles un lobby de afectados por las empanadillas?
La paradoja es que, mientras que la corrección política se apodera de la atmósfera social, las catacumbas privadas son cada vez más bárbaras, desmedidas y alejadas de toda urbanidad. En un debate ya no se puede decir caca, pero la red hiede a escatologías como jamás antes había apestado ninguna conversación entre colegas. En los medios no se permiten viñetas machistas, pero en Whatsapp abunda un contrabando de salvajadas inimaginables sobre las mujeres. Y qué añadir de la trifulca tribal: cuánto timidito en la oficina vuelve a su ser en la barra y grita lo que de veras siente. Putos catalanes (o españoles) de los cojones. La llamada actualidad nunca fue muy normal. Ya no es ni real.