La alcaldesa, numerosos diputados y senadores, y cientos de cargos públicos del PP se manifestaron el pasado sábado junto a miles de personas en Madrid. Pedían, en general, la erradicación del aborto y exigían, en particular, la derogación de la ley que en ciertos casos lo ampara. Tanto en la arenga de los convocantes como en las declaraciones de los asistentes se habló de infanticidio y horror contra la humanidad, lo cual ya es apuntar muy alto en palabrotas. En tales citas también se suele mencionar el Holocausto y recordar a Herodes. El Ministro del Interior afirmó que defiende cualquier marcha en favor del niño que va a nacer.

Ya que consideran el aborto un asesinato, urge preguntar a esos alcaldes, alcaldesas, diputados y senadoras por qué no se van con sus profundas convicciones a otro partido o a su casa. Si yo creyera que el aborto es un crimen, un espanto ético y un cáncer moral nunca votaría a quien lo acepta. Si acusara a mi tribu de lavarse las manos en un asunto que juzgase gravísimo, dejaría de militar en sus filas. Y si encima cobrara por trabajar para esa tribu dormiría fatal tras recibir mi sucia nómina. Y es que hay algo peor que pertenecer a un club que permita el acceso a alguien como yo, que dijera el genio: es pertenecer a un club que en opinión de uno tolera la matanza de críos, por repetir las palabrotas.

Por lo visto, el sueldo, la vanidad y las dietas pesan más que la conciencia, ese mudo animal de compañía. E incluso pesan más que la mera coherencia, una virtud pública que atañe a todo político en su relación con el contribuyente. De modo que hagan lo que quieran con su almohada. Con su escaño y con nosotros, no.