unos dicen ser de derechas y otros de izquierdas. Y por supuesto no son todos los que están, ni están todos los que son. Entonces, para no herir sensibilidades sensibilísimas, hablemos de meros hechos clavados en la memoria y la hemeroteca. De esos que ni el mejor politólogo sabría adjudicar a una ideología o a la contraria. Quizás gritar en un campo “¡Españoles, hijos de puta!” sea más progresista que berrear “¡Puto vasco el que no bote”!, quizás. Lo de “¡Judío, cabrón!” es moda transversal. Tal vez ocupar a golpes la localidad que a uno le parezca y no pagar en la tienda de la estación de servicio sean características de una corriente política concreta. Lástima que la cajera, muda de pánico, tampoco sea capaz de distinguir si sufre un ataque reaccionario o vanguardista. Puede ser que visitar una ciudad y ciscarse en sus moradores, quemar banderas o mostrarlas como botín de guerra, destrozar mobiliario público, arrasar un bar y no consentir que ni los tuyos te afeen la conducta sean hábitos más diestros que siniestros. A saber. A unos nos ofenden las fechorías, las protagonice King-Jong-un o Mussolini. A otros les ofenderá que alguien las cuente.

A esos señores -a los que van por ahí empujando, me refiero, no al seguidor más o menos pasional- no solo los iguala su barbarismo. Sobre todo los une que obran de tal modo siempre en grupo, jauría, milicia o rebaño. Vaya usted sin la manada a follarse a la virgen del Pilar a Zaragoza. Venga usted de frente a cagarse en Aitor Zabaleta, a ver cuánto le dura el chiste. Que sí, que hasta en la selva hay grados de bestialidad y los neonazis ganan por goleada. Pero no están solos en esto del matonismo.