si nadie lo remedia el Gobierno Vasco va a prohibir el tabaco en las sociedades gastronómicas, léase txoko, pipote, bajera, peña u otro local en el que el paisanaje, que abona de manera voluntaria su cuota, se reúne para pasar el rato. Los censores sostienen con orgullo que se trata de una norma muy avanzada, pero aún les queda un trecho para alcanzar a Jomeini. El ayatolá llegó a dictar las condiciones en las que a un hombre le es permitido satisfacerse con una cabra. Los ingleses, más prácticos, disfrutan de una ley que autoriza a las embarazadas a orinar en cualquier sitio, incluso en el casco de un guardia.

Yo no fumo y el humo me desagrada. Y no comparto ese afición por juntarse periódicamente con la misma gente en un lugar cerrado durante horas. Lo mío es ir de bar de bar, callejear y mezclarme. Claro que esos son mis gustos un poco de gaitero, y por encima de ellos está el derecho del prójimo a agruparse como le plazca. La libertad no consiste en hacer lo que uno quiera. Pero tampoco incluye el derecho a que nada ni nadie nos moleste nunca. Si así fuera la libertad sería paradójicamente un código infinito de restricciones.

Los grandes problemas de la humanidad, y el del control abusivo al que nos somete el poder es uno grave, se entienden mejor bajando a tierra: diez amigos quedan en una lonja para zamparse unas migas; cinco policías los multan por echarse un pitillo. Así que ni ellos, los tragaldabas, pueden establecer las reglas privadas de su propia cocina. En EEUU, en los noventa, un condenado a muerte pidió como última voluntad un cigarro, y se lo negaron alegando que el tabaco mata. Y a eso vamos, Eugenio, a eso vamos.