Un sábado, en mitad del mus, dices que ya pasas de cubatas, que prefieres cerveza porque no deja resaca. Añades que en verdad no merece la pena acercarse al bar a echar la partida, que lo suyo es juntarse en casa. Y así luego se puede aprovechar para ver el fútbol por la tele, que con estos horarios no hay quien vaya al campo. Por eso, concluyes, ya no eres socio. Una noche dejáis de encargar pizzas porque, aseguras, las de calidad son las caseras.

Y un día anuncias que tu mujer y tú no bajareis como siempre al sur en verano, que aquí las piscinas públicas son una maravilla y es una vergüenza no hacer uso de ellas. Eso de las vacaciones en la playa está pasado de moda, sentencias. También sacareis al chaval del colegio concertado -demasiada religión, protestas- para mandarlo a la escuela del barrio. Se educará en la multiculturalidad. Ya no va a karate -un deporte violento, subrayas- y tú tampoco a inglés. Señalas que el acento nativo se aprende con la series subtituladas. De paso explicas que por falta de espacio ya no compras películas ni libros, ya que lo lógico y ecológico es tomarlos prestados de la biblioteca municipal.

En fiestas no apareces, ahora opinas que están masificadas, y a las cenas de antiguos alumnos tampoco asistes porque, recuerdas a Leo Harlem, si no nos hemos visto en veinte años será por algo. Tu media sonrisa fosilizada se completa con otra media de tristísimo orgullo. Y todos te responden con lástima y miedo que sí a todo, que tienes razón, que como en casa en ningún sitio. Ha descendido el paro, cuenta el telediario, y ningún amigo se atreve a comentarte la noticia. Tú lloras por dentro, y por fuera gol de Messi.