Si usted es uno de esos políticos que tiene que abandonar despacho y cargo, me hago cargo. Entiendo cómo está, por la que está pasando y hasta intuyo las pesadillas nocturnas que congestionan sus noches en vela. Adivino sus angustias, ahora que se va tras años de ejercer el poder y el mando, que ha ocupado despacho con firma y todo. Y de verdad, no me gustaría estar en su pellejo. Se enfrenta al futuro, un tiempo que ignora porque creía tenerlo asegurado de por vida. Porque hasta ayer usted solo conjugaba el presente de indicativo. Y se enfrenta a algo doloroso, el duelo por lo perdido: imagen, prestigio, prebendas, posición, don de gentes, influencia, distinción. En fin, adicciones de la vanidad. Todo un kit de supervivencia a gran altura, cosas que hacen sentirnos ajenos al mundo. Así que si usted no tiene paracaídas, es decir, algo a lo que agarrarse en esta caída libre, algún oficio, beneficio o puerta giratoria; la hostia puede ser monumental. Si es así, consulte con Cioran, porque podemos imaginarlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos.
A su lado pasean otros políticos que se estrenarán en concejalías y conserjerías. Tengo algunos amigos y amigas. Tampoco duermen bien estos días. Una extraña excitación les aprieta el alma. Se ven de repente, en un escenario impensable hasta hace poco. Parecen poseídos por la euforia. Y es que pareciera que las cosas ruedan cuesta arriba. Porque la imaginación en Navarra ha dejado de estar a dieta. Pero se asustan. Porque reconocen que era fácil tener la razón sin tener el poder. Un poder que les espera con la peor disposición posible. Y sienten que, con ese poder en sus manos pueden equivocarse. Pero en eso consiste esta nueva soberanía. Y hay que jugársela.