Ala Plaza de la Paz nadie le llama la Plaza de la Paz, al margen de que más que una plaza sea una mediana en mitad de seis carriles. Se le llama la Plaza del Txistu o la Plaza del Coño, fruto de la expresión ¿qué coño es esto? que lanzábamos los años posteriores a su inauguración. Esto es, la gente acaba llamando a las cosas como le da la gana, más allá de denominaciones oficiales, especialmente si esas denominaciones no son concretas: paz, libertad, concordia, amargura -en Reus hay una calle que se llama así, Calle de la Amargura-. Sinceramente, no me gustan nada los nombres amplios que para cada cual significan una cosa, aunque pueda entender que las asociaciones de la memoria histórica -algunas, porque no se ponen de acuerdo- quieran, aunque solo sea como reacción ante años de infamia, llamar Plaza de la Libertad a lo que hasta hace poco era Conde Rodezno y que Asirón ha cambiado a Serapio Esparza, tras años de oprobio de UPN, que ahora con un par apoya que se llame Plaza de la Libertad -no debió de darles tiempo en los últimos 25 años-. Mientras siga existiendo ese infausto edificio y esa plaza cerrada y horrible, mientras sigan estando ahí dentro Mola y Sanjurjo, no le veo ningún sentido a llamar a ese lugar Plaza de la Libertad, amén de que ya digo que prefiero nombres concretos. Asirón tal vez debió escuchar más opiniones antes de dar el paso, pero en su condición de alcalde, que tiene la prerrogativa para eso y no el pleno, cambió el nombre, porque -y esta es la historia del mundo- si se abre un proceso participativo igual nos plantamos en el 2100 sin cambiar el nombre a la plaza. Una cosa es escuchar y valorar y otra abrir cada puñetera cosa a la participación popular, especialmente si no se trata de nada crucial, aunque simbólicamente sea importante. Cuando arrasen ese edificio y creen un espacio nuevo de verdad que abra la ciudad, perfecto.
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