Que sí, que nos sentimos mejor engañándonos y engañando. Que todas las religiones son iguales y la culpa es nuestra por haber creado a quienes nos matan en un restaurante, al parecer muy incapaces ellos de ser creados por sí mismos, por su profeta o por su dios: vamos, que nos necesitaban para existir. Que sí, que por supuesto hay creyentes buenos, aunque su concepto de la bondad y el nuestro a veces no coinciden. Yo tengo amigos que han crecido con esa fe. Por eso pienso que a infinitos enemigos los ha disminuido.
A los países musulmanes se les puede apellidar así porque su constitución o su calle consagran, vaya verbo, el islam como religión oficial. En la mayoría de ellos, los fieles de cualquier otro credo y de ninguno sufren varios grados de discriminación. En la mayoría de ellos, la mujer es por ley o por costumbre una persona de segunda mano, destierro que en el caso de los homosexuales alcanza el duodécimo subsuelo. En la mayoría de ellos, la libertad de expresión, la libertad política y estética, la libertad colectiva e individual ojalá lleguen un día porque esta noche aún no están. Es tan obvio que duele recordarlo.
Y ni siquiera hace falta empadronarse en Riad para enterarse de ello. Unos cuantos barrios europeos son hoy de hecho gobernados por esos santos cojones o esa extraña tradición, y quienes a menudo lo denuncian son valientes vecinos que por encima de mahometanos son ciudadanos. Ninguno de nosotros, salvo un estúpido o un cínico, vería de igual modo que su hija lesbiana se mudara a Polonia, el país más católico del entorno, o a Túnez, el país menos musulmán. Lo demás son complejos o peor: cuscús en cuerpo ajeno.