Confieso que Albert Rivera me da un repelús importante, al punto de que no tengo ningún problema en adjudicarle el calificativo niño patada, que solo se me viene a la mente en los casos que mi cerebro considera de libro: niño patada, repelente niño Vicente, etc, ya saben, lo mismo es. No tiene relación con lo que propone o deja de proponer, es un juicio de base, aplicable a todos los que ya están en la primera línea de la política mucho antes o casi a la vez de que los demás de su generación hayan encontrado el primer empleo. Rivera es diputado catalán desde poco antes de cumplir 27 años, tras apenas 4 años de experiencia laboral en el mundo real, concretamente en La Caixa, que no sé ni muy bien ni muy mal qué tiene de real pero habrá que ser benévolos y creer que algo tiene. Desde entonces, desde los 27 hasta los 36 que ahora tiene, político profesional. Sinceramente, casos así me producen una pereza absoluta, amén de una enorme desconfianza, ya que al margen de la línea ideológica que tengan sus partidos me resulta genéticamente imposible creer que el conocimiento del mundo que puedan tener personas que casi saltan de las aulas a los congresos sea el que necesita una sociedad. No es tanto que crea que por trabajar más o menos años uno adquiera sí o sí y en todos los casos una sabiduría concreta o que las aptitudes y virtudes que se necesitan para gestionar algo tan enorme como una comunidad o un país no se puedan tener al margen de disponer de una vida laboral determinada, sino más bien la sensación de que este personal ya vive alejado de la realidad desde mucho antes de haber tenido tiempo de conocerla, sufrirla, disfrutarla y, hasta donde es posible, entenderla. Eso por no hablar de que su programa tiene de ciudadano lo que yo de cura y no es sino un lavado de cara moderno y freskuki a las políticas conservadoras de toda la vida y La Caixa gana.