Un periodista alemán destapó el año pasado un trama de dopaje de Estado en el atletismo ruso. Las pruebas y testimonios que obtuvo eran tan evidentes, salpicando a las más altas esferas del deporte ruso y también a miembros del máximo organismo internacional -la IAAF-, que la propia IAAF ha expulsado a Rusia de todas las pruebas internacionales a no ser que se acoja a una hoja de ruta contra el dopaje. Es un primer paso por parte de la IAAF, pero le quedan muchos, con más países señalados, incluida España, puesta bajo sospecha por la Agencia Mundial Antidopaje. Otro de los pasos serios que debe afrontar la IAAF es el de los récords. Los récords son parte esencial del atletismo, como en ningún otro deporte. La posibilidad real de que se batan récords añade un extra muy notable de interés por parte de aficionados, medios, patrocinadores y es un sueño aunque lejano al que tienen derecho los niños y niñas que se inician en este deporte o que lo practican a cierto nivel. A día de hoy, las opciones de superar récords mundiales son prácticamente nulas en casi todas las disciplinas y nulas del todo en muchas. La antigüedad media de las plusmarcas en categoría masculina es de 13 años, mientras que en la femenina es de nada menos que 17 años. En hombres, 9 de las 24 pruebas cuentan con récords de más de 20 años, una cifra que se eleva a 13 de 23 en mujeres. Leer, por ejemplo, los nombres y las marcas de los récords de lanzamiento masculinos o los nombres y las marcas de la velocidad femenina hasta el 800 incluido produce vergüenza ajena. Eliminar de las listas esas marcas obtenidas en años de dopaje de Estado e individual masivo es un paso obligado para que el atletismo internacional tenga cierta credibilidad y se defienda a sí mismo. Lo contrario es seguir viviendo en la mentira. Hay que poner los récords a cero, aunque paguen algunos justos por pecadores.
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