El actual gobierno no solo ha retirado las banderas de su lugar habitual en el Salón del Trono del Palacio de Navarra y las ha situado en un lugar menos visible, es que estoy seguro de que las lava todas juntas y ¡sin suavizante! Y no me cabe duda de que aunque oficialmente en Diputación no ondee ninguna ikurriña me juego el cuello a que hay varias por ahí, funcionando de incógnito, en despachos ocultos de esos que le aprietas un resorte escondido al cuadro de Salaberri se abre una puertica y aparece un salonaco y Urkullu en pantuflas. ¡Y encima las lavarán con la nuestra, en caliente, y se nos va a desteñir! Menos mal que está UPN para denunciar que la colocación “en una esquina” de las banderas supone “que no se puede caer más bajo que eso”, menos mal, que pensaba que si se caía más bajo cualquier día iban a empezar a regalar banderas con los periódicos. Pero no, afortunadamente la situación está controlada y tan estúpida como en los últimos 40 años, pero sin grandes novedades: unos defienden que la ikurriña representa los sentimientos de muchos navarros y no una cuestión geográfica y administrativa oficial y por eso la van colgando extraoficialmente en cuanto pueden y dando la puta chapa y puta pena y otros se apropian una y otra vez de la otra enarbolándola a la mínima como si solo ellos fuesen poseedores de las más puras esencias, valores y virtudes que emanan de la misma y, en consecuencia, solo ellos pudiesen mostrarla orgullosos. Nacionalismo puro y duro y aldeano en ambas vertientes, pero ya decimos que nada especial ni nada que no se viese venir cuando se cambió el gobierno. Es lo bueno de los cambios de gobierno, que aunque los muebles apolillados permanezcan al menos se cambian de sitio. Eso sí: permanecen. Para las próximas elecciones votaré al que prometa que va a retirar las banderas de los edificios públicos, pesaos de los cojones.