Ayer me preguntó Luka qué es mañana. Andaba yo metiéndome en su sitio la última costilla flotante, las cervicales y el menisco después de un rato rebozado con él por la alfombra cuando le dije “hoy mamá sí trabaja, pero mañana no” y me preguntó qué es mañana. Tiene algo más de dos años y medio, raja por los codos y normalmente asiente cuando le explicas algo y pasa a otra cosa, rumiando lo que ha oído pero al parecer satisfecho, pero lo de mañana no le convenció. Entró en bucle y nos pegamos fácil media hora sin avance ninguno, hasta que le dije que me estaba mareando, que era verdad. Porque si te pones a pensarlo fríamente es un puto cisco, no tiene ni pies ni cabeza: ayer, hoy, mañana, la semana tiene 7 días, cada uno se llama diferente, el mes tiene 28, 29, 30 o 31 días, cada uno con nombre distinto... El caos. No había manera de explicarle que el día hoy es todo el rato desde que nos levantamos y sale el sol hasta que nos vamos a la cama porque es de noche y el día mañana es lo mismo desde que nos volvemos a levantar. En su cabeza, mañana también es hoy -aunque lo que más le gusta oír es ahora, hoy le parece dentro de mil años- porque no hay ninguna novedad aparente que yo supiera plasmarle para hacerle ver que en el fondo son días distintos, con sus nombres, sus números y sus cositas. Aunque, ¿en realidad son distintos cuando tu plan conocido es comer, jugar y dormir o son de facto una continuación, sin más, a la que la hemos ido complicando no sé si para entendernos mejor o para agobiarnos, a mi qué coño me importa lo que haga el sol? Mañana a clase, mañana examen, mañana a trabajar, mañana, mañana, mañana. Él no entiende que pasado mañana hay debate ni que dentro de 15 días elecciones ni que dentro de 20 es Navidad. Eso es la felicidad. ¿Quién fue el cabrón sádico que se inventó esto de los días? ¡Que venga mañana a mi casa! ¡Hoy! ¡Ahora!
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