Hace mucho que la política - o más bien la actividad de los partidos políticos y sus líderes, puesto que política como tal es casi todo- dejó de ser una parte de la realidad para convertirse en la realidad misma, en un asunto omnisciente, invasivo y abrasador al que posteriormente se le añaden tres o cuatro notas de sucesos, dos temas más o menos sociales, una noticia de Madrid -la que sea-, cinco piezas de puro entretenimiento, medio kilo de deportes sin sustancia y una predicción meteorológica que para sí hubiesen querido Tenzing y Hillary cuando subieron al Everest. Antes, ya desde la mañana, y después, hasta bien entrada la noche, y especialmente desde la puesta en marcha de las dos últimas cadenas privadas, tertulias, entrevistas y debates completan el arsenal de armas de destrucción masiva mediático por el cual Sánchez, Iglesias y Rivera apenas llevan uno o dos años en el ojo público y sin embargo es como si lleváramos aguantándolos desde Hernández Mancha y Gerardo Iglesias. A Rajoy lo aguantamos desde antes de que se extinguieran los dinosaurios. Radios, prensa escrita e Internet no se apartan en exceso de esta dinámica y entre todos convierten a los ciudadanos en ocas a las que se les abre el cuello para meterles con un palo hasta la glotis toda clase de vejaciones informativas y morales en forma de supuesta información valiosa. Tenemos que tener, con diferencia, los hígados más envenenados del mundo civilizado, aún más si cabe los 9,2 millones de valientes o incautos que según los estudios vieron el debate de marras, ese en el que supuestos regeneradores de la democracia como Iglesias o Rivera -demócratas pero por los cojones- participaron sin importarles nada que no fueran invitadas otras formaciones políticas de alcance nacional tan dignas como las que ellos representan. Ésta bajo la que estamos sí que es una nube tóxica. Y no la de Pekín.
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