Sin duda muchos recordarán el solitario y natural jooooder de Papuchi al tiempo que se recrean con el impostado triplete osbornoide: joder, joder, joder. Para mí, y para varios paisanos, existe sin embargo un dúo intermedio que viene a la cabeza bastante más a menudo: ese joder, joder, zelan dagoen perkala, maitie, perkala kalien, mestizo estribillo de Gatibu. Los pequeños detalles, que añadiera aquel. O sea según cómo se mire.

Dicho lo cual, es evidente que aquí quienes oímos joder y pensamos en cómo baila Alex formamos una minoría ante quienes lo oyen y se acuerdan de cómo se ríe Bertín. También está comprobado que tatarear el joder, joder vasco no impide conocer el españolísimo joder, joder, joder ni obliga a ignorarlo. Y es que estamos hechos unos mil leches, o al menos un par de ellas, y somos tan Anne Igartiburu como Ramón García. Y mientras lo debatimos o disimulamos se nos van colando, por cierto, todos los apátridas fucks de Tarantino.

Por eso, y dejo el caracoleo, no se entiende tanta cara de susto y cabreo casi étnico porque parte del vecindario ha elegido a Podemos. Como si lo que pasara en Madrid, joder, joder, joder, no tuviera que ver con nosotros. Como si la única manera de afrontarlo fuese, joder, joder, optar por unos nuestros que son tan nuestros como los otros, joder. Uno se acerca a la urna y ya no basta venderle que yo defiendo esto, cuando ni siquiera nos ponemos de acuerdo sobre las fronteras y el destino de este “esto”. Nunca votaré a esos españoles, afirman los tajantes, y lo peor no es el desprecio por el gentilicio sino la lejanía del demostrativo. Como si fueran de fuera. Como si entraran adentro.