Hace años ayudé a gente magnífica, de esa que es imprescindible, en una tarea complicada. Cada noche había que trasladar a dos docenas de toxicómanos a un centro donde podían cenar, ducharse y dormir, y sobre todo protegerlos de la ira de parte del barrio donde se hallaba el centro de forma temporal. La experiencia me endureció el espíritu y enriqueció el cerebro, y aprendí que para conocer lo peor y lo mejor del ser humano no hace falta ser reportero de guerra. Una comunidad de vecinos basta para bucear en la maldad absoluta y envidiar bondades inquebrantables.
Vi los ojos encendidos de paisanos que pateaban con odio el coche -“¡llévate a morir a ese yonki de mierda a tu puta casa!”-. Vi los ojos eternamente pacientes de los voluntarios que no respondían a ningún insulto ni escupitajo. También vi los ojos sin dueño de los heroinómanos, cuya indisciplina a veces ponía en peligro a ellos mismos y a quienes los auxiliaban. Y recuerdo que solía discutir sobre cómo se estaba afrontando el asunto en público. Algunos se empeñaban en convencer al prójimo, ya fuera en la tele o en el bar, de que los drogadictos no suponían un problema. Yo en cambio opinaba que, sin llegar a constituir la exagerada amenaza que propagaban sus enemigos, sí podían causar molestias y que la clave era evitarlas, no negarlas.
Lo mismo pienso, ya que estamos, de los refugiados. Lo que engrandece a Europa no es acogerlos porque son un compendio de virtudes, sino hacerlo aunque unos cuantos no lo sean. Y lo que la entontece es creer que viniendo de Siria y Afganistán comparten nuestros valores acerca de, por ejemplo, la mujer, el laicismo y la homosexualidad. Y así nos va.