El nuevo presidente del Congreso y tercera autoridad del Estado no acabó la carrera de Ingeniería ni ninguna otra. Aunque ahora te pidan un título para casi todo -excepto para ser una autoridad del Estado-, hay que admitir que una orla no te convierte en buena persona ni en espléndido dirigente. Joseph Roth decía que en las universidades polacas reinaba el numerus clausus, en las austriacas la estrechez de miras y en las alemanas la jarra de cerveza. Y ya saben cómo terminó aquello.

Tampoco habla el recién ascendido más idioma que el materno, deficiencia profesional que basta para que millones de currículums en España engorden las papeleras. Pero, dado que no se les exige el don de lenguas ni a los eurodiputados, sobran las quejas de ese gentío que abarrota las academias. Borges murió rezando el padrenuestro en anglosajón, inglés antiguo, inglés moderno, francés y rioplatense. Aquí hasta un presidente del Gobierno puede nacer sin rezar.

Destacan los hagiógrafos que el portugalujo lleva la política en la sangre, que la ha mamado desde niño. Sin poner en duda el árbol genealógico cabe añadir que también lleva la política, y solo la política, en su vida laboral, pues no se le conoce otra ocupación y todo sueldo lo ha mamado de las instituciones. En su propio perfil dedica la mitad del espacio a subrayar sus orígenes familiares y la otra mitad a describir sus amistades, gustos y militancia. Como no es un populista evita recordar sus variados trabajos y su expediente académico. A mí me resulta simpático, toca el saxofón, bebe zuritos, le gusta hacer fotos y por supuesto merece el cargo: ni una rasta en su biografía. Así cualquiera.