Un año después de las elecciones de 2015 que ofrecieron la posibilidad de formar un gobierno en el que no estuvieran ni UPN, ni PPN, ni PSN, puedo afirmar sin sonrojarme que echo de menos a Barcina. Y a Roberto Jiménez. Por echar de menos echo de menos hasta a Sanz. Tengo incluso nostalgia. No voy a entrar a valorar si el año trascurrido ha sido bueno y positivo, como asegura Barkos, o si ha sido un desastre, como afirma Esparza, cada uno de ellos en su papel, pero sí en la parte folklórica del asunto: este gobierno y esta oposición o mejoran mucho en cuanto a su capacidad para ofrecer espectáculo o nos vamos a aburrir como monas casi tres años más, que es lo que salvo días muy contados nos hemos aburrido desde mayo. No hay nadie, no se atisba nadie, con esa capacidad que tenía Barcina para soltar cosas como lo del alicatador y quedarse tan ancha, ni tampoco como Jiménez para decir una cosa y hacer la contraria en el mismo instante temporal y sin pestañear o como Sanz, el de 400 euros dan para una cena y poco más o el de “hemos ido de Pamplona a Allo en 20 minutos y no nos han parado ni la policía”. No veo a nadie, ni en el cuatripartito ni en la oposición, con un talento semejante. Porque meter ruido, sembrar alarmismo, exagerar y mentir o, en el caso del gobierno, dirigir, también mentir, esconder, minimizar o defraudar está al alcance de cualquiera o casi, pero pasar a la Historia, amigas y amigos, eso solo está a tiro de los elegidos, los políticos a los que la lengua les va más rápido que el cerebro y no se aguantan y te la sueltan. Los de ahora, por el momento, están o excesivamente contenidos o muy calculadores, como temerosos de cagarla, estando como está todo tan igualado por lo menos si nos atenemos a las urnas de hace un año. Esperemos que tras las generales llegue algo la relajación y con ella las meteduras de pata y el entretenimiento.