Dicen de este hombre de aspecto aciago, que en tiempos entabló cierta amistad con el diablo y de ahí su rictus de amargura. Que compadreó con él y sus delirios balcánicos. Y también dicen que un día sintió el escozor de una luz negra que se posaba sobre su alma. Desde entonces, en vez de ángeles ve luciferes que torturan sus noches en vela. Y pareciera extraño que este hombre, facultado para la adversidad y los revolcones de conciencia, pierda los estribos en cada escupitajo que lanza, máximo sabiendo que ha ostentado la prefactura de la Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos. Ahí es nada. Este hombre de alzacuello impoluto anda revuelto en los últimos tiempos. Y es que Kañizares es un diácono punky venido a arriba que siente que su empresa se viene abajo. Quizás porque sabe que su máximo jefe esté dispuesto a activar un ERE ideológico en el seno de su multinacional. Por eso ve demonios en cada respiración del mundo. Entre los homosexuales, los refugiados, el feminismo radical y hasta ciertas ideologías, como él llama al “genero”. Algo que demoniza; cuando el “género” no es más que nombrar las diferencias culturales que mueven a hombres y mujeres a ser lo que son y no son en función de asignaciones externas. Uno no entiende por qué esa mirada afilada no se fija en otras insidias más sangrantes. Estoy esperando a que escupa salvas envenenadas contra los pederastas que todavía tienen nomina activa en la multinacional de la que él también participa y cobra. Más aún. Uno le da vueltas a esto y piensa que si esta llamada a desobeceder las leyes de igualdad de género la hago yo; mañana mismo duermo en el maco. Como aquellos que pintaron un mural contra la tortura. Beneficios de una fe que ya no mueve montañas, pero sigue moviendo a ciertos fiscales.
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