Cuando era chaval, el que quería ir a Pamplona en coche y no tenía con quién se sentaba en aquel banco a esperar que pasase alguien y lo pudiese llevar. En un pueblo pequeño se conoce todo el mundo y lo difícil era que algún coche fuese hacia Pamplona. Era un banco de piedra elevado, construido ganándole terreno a un muro. Le llamábamos el banco de Justo. Estaba enfrente de casa del tío Nicolás, pegado a la carretera que une Ibero con Etxauri u Ororbia. Toda la antigua chavalería de Ibero ha pasado siglos allá, esperando como recurso de última hora a que Patxi tuviese que salir a llevar a alguno de los chavales y chavalas de Isterria en los miles y miles de viajes que hizo con ellos. En los pueblos pequeños, en los que hay poca gente, tan poca que a veces no hay nadie para jugar al frontón, para jugar a nada, o te acostumbras a esperar y a tener calma con ciertas cosas o estás muerto. El tiempo tiene su propia dimensión y ritmo y hay montones de momentos de vacío físico y temporal que hay que rellenar echando mano de la imaginación y la paciencia. Seguro que el vecino más famoso -que no más importante- de Ibero también se sentaba allá, antes de que el campo de detrás dejara de servir para jugar a pillar y sirviera para edificar chalets. Decir que Juan Martínez de Irujo está entre los 5 mejores pelotaris de la historia no es nada exagerado, como tampoco lo es decir que, aunque impacientes por conocer el alcance de su problema de corazón, sus seguidores solo sabemos que de este trance que dura ya varios meses lo menos importante es su carrera deportiva, a pesar de que sea una enorme fuente de satisfacción. El banco de Justo ya no está, pero de Isterria bajan unas escaleras de piedra cojonudas para sentarse allá a ver jugar al frontón 40, 50 o 60 años más. El inmenso placer de lo disfrutado ya nadie nos lo arrebatará jamás. Gracias, Juan, irá bien.