Lo curioso que trae que gobierne gente nueva es que sus meteduras de pata iniciales cuentan con una cierta condescendencia incluso entre los rivales más enconados -he dicho cierta, no total-, algo que en política puede extenderse como mucho hasta el primer año. Más, no. Por eso, aunque suponga un gasto extra que nada tiene que ver con la pregonada austeridad, se entiende que Barkos quite a Ollo de la portavocía y fiche -porque se crea un nuevo puesto, hay una nómina más que pagamos entre todos- a alguien supuestamente con más punch. Porque Ollo, al menos como portavoz, ha resultado muy plana y en muchas ocasiones nada convincente, con un tono como de estar permanentemente pidiendo perdón o en baja forma. Un portavoz o una portavoz, sin llegar a la chulería, tiene que trasladar firmeza, mensajes claros y si hace falta mala leche, pues mala leche. Se puede ser una gran consejera y una mala portavoz. No todo el mundo vale para portavoz, de hecho es muy complejo, casi pura química. Lo malo es que eso solo se descubre siéndolo. Solana necesita, por tanto, dar un giro notable a la imagen como de disculpa de Ollo y pasar cuando se estime necesario no ya solo a la réplica sino directamente a la confrontación. No es malo rebatir informaciones periodísticas si se cree que son flagrantemente falsas, no siempre no entrar en el juego es lo correcto, porque se generan muchas dudas en los ciudadanos, que ya no saben con qué quedarse. Por ejemplo, el ciudadano no sabe si se actuó correctamente en el inicio del incendio de Tafalla o no. No lo sabe, porque no se le ha explicado bien, mientras que llegan numerosas versiones -profesionales, vecinales y periodísticas- que señalan que no. No sé si es o no el caso, pero comunicación es decir la verdad, sea la que sea y cueste lo que cueste. Eso se le pide también a un gobierno. Y más si se llama a sí mismo del cambio.