El mes pasado oí a una representante del Ayuntamiento de Pontevedra decir: “Cuando llegamos a la Alcaldía teníamos una cosa muy clara, sabíamos qué modelo de ciudad queríamos”. Me pregunto por qué este ayuntamiento del cambio no está movilizando este debate. Quizás el más rentable, necesario y exigente. No digo que no se estén haciendo intentos. Pero parciales y sin anclaje prioritario en la agenda política. Y es que en este momento hay una inflación de mesas, procesos, foros, dinámicas participativas y asambleas populares. Para casi todo. Muy bien. Pero esto requiere diagnósticos, planificación, criterio, saber para qué participamos y vinculación de los resultados. Y creo que a estos procesos les falta visión global, cohesión y miradas poliédricas. Que se han diseñado con más prisa que criterio. Quizás desde la inmediatez para cumplir lo prometido. Pero pensar en un modelo de ciudad requiere sentir la ciudad como un todo. Y no solo desde la presión que ejerce la centralidad y atomización del centro histórico. Porque la ciudad debe ser diagnosticada como la suma de sus barrios. Por eso creo que estos procesos no tienen en cuenta la brecha centro-periferia y la clonación constante de la ciudad.

Un modelo de ciudad debe tener claro cómo se diseñan y qué impacto tienen sobre la ciudadanía los espacios de ocio, las dinámicas festivas, la cultura, la movilidad, el género, la multiculturalidad, el turismo, la peatonalización, el comercio, los espacios de consumo, el espacio público y privado, la vivienda, los transportes, el arbolado, los coches, los aparcamientos, los bares, las movilidades, las nuevas tecnologías, los carriles bici o las desigualdades de acceso a servicios en función de clases sociales. Porque la ciudad contemporánea es un mercado, pero también puede ser una barricada.