Bueno, Fidel sí que es un muerto. Hay muertos y muertos, como hay vivos y vivos. Fidel es uno de esos 15 o 20 personajes capitales del siglo XX, en general. Antes que él no hubo nadie que hiciera lo que él y después tampoco, por mucho que Chávez lo intentara. Fidel es uno de esos, al margen de cualquier consideración, al margen de la pereza que siempre me dieron los occidentales que viviendo aquí como curas sin parroquia -comer caliente tres veces al día, dormir bajo techo, tener de sobra para ropa, comida, alcohol, café y tabaco y ver mundo. Eso es vivir bien, lo demás ya es puro lujo- loaban la revolución y sus ventajas y magnificaban la vida en una isla que jamás pisaron ni tenían intención de pisar más allá de un viaje de semana. Al margen incluso de esa gente, que alababa a Fidel en contraposición a los yankees pero en el intermedio se olvidaba de un pueblo cubano sin verdadera libertad, es innegable que la figura de Fidel siempre resultó atractiva, excesiva -tanto como sus interminable discursos- y gigantesca, el clásico personaje que de tan amado y odiado nunca llegaremos a conocer bien en su totalidad, manipulada como está su biografía por el enfoque previo que cada uno tenemos de él. Pero de lo que no cabe duda es de que protagonizó una manera de hacer política y país valiente y digna, a pesar de que el resultado y las maneras sean a fin de cuentas lo que valga. Es obvio que sirvió de inspiración y coraje a millones de latinoamericanos, que también se levantaron ante el colonialismo americano político y empresarial, y, por supuesto, de icono a los pijos europeos de finales del XX y del siglo XXI. Pero imagino que solo los cubanos que vivieron allá mientras él mandaba y les mandaba saben la verdad de si fue un ángel o un cabrón. O ambas cosas, eso sí, en grado superlativo, con aspectos claramente positivos y otros indudablemente infames.
- Multimedia
- Servicios
- Participación