Hace nada volví a leer, con los ojos como paelleras, la expresión “navarro de pro”. La usó uno de nuestros ilustres expresidentes, nada menos que Miguel Sanz, para referirse a otra persona, que estoy seguro merecía todos los halagos que nuestro expresidente le dedicaba, que no es el tema. El tema es que todos estos halagos los resumía Sanz diciendo “en definitiva: un navarro de pro”. Esto -al margen, ya digo, de la coincidencia de que se lo leyera a Sanz, pero lo he leído y oído miles de veces, con navarros o no, es lo de menos- a mí personalmente me da vergüenza ajena, esta -para mí- tara mental de unir virtudes humanas con lugares de procedencia o de estancia o de profesión, como esa cosa de que los navarros somos hombres de palabra y de fiar y, no sé, decenas de tópicos más que se van deshilachando uno tras otro a nada que te pongas a hacer un análisis concienzudo de la realidad. No sé, por ejemplo, cuando lees que a Pachi Izco, contra el que nada tengo, le mantiene el juez una fianza de 1,4 millones de euros porque no ha justificado qué hizo con 1,1 millones procedentes de ese Osasuna que tenía pellas enormes con la Hacienda de Sanz y lees lo que dijo Barcina de que “Izco ha sido un magnífico presidente para Osasuna. Ojalá que quien le sustituya pueda hacerlo como lo ha hecho él de bien, dejando tan alto el listón y defendiendo a Osasuna como él lo ha defendido” y pienso en muchos más navarros y navarras de pro y me echo a temblar, más allá de que antropológicamente me parezca una estupidez supina adjudicar virtudes morales a nadie por el mero hecho de nacer aquí o allí. Mañana creo que se celebra esta bobada de ser navarro, tan bobada como ser vasco, murciano o chipriota, un asunto en el que ninguno tenemos nada que ver y que ahí sigue, erróneamente alimentando etiquetas y grupos de buenos, malos, justos, honestos, de fiar y así. Palabrería, pura palabrería.