La noche del 25 de marzo de 2001 la pasé haciendo hora hasta que llegara el momento de que anunciaran quién era el ganador del Oscar a la mejor canción original. Cuando Jennifer López dijo que era Bob Dylan con Things Have Changed eran las seis de la mañana, di un respingo, oí su discurso y me metí en la cama. Hoy, 15 años más tarde, no hará falta pasar la noche en vela para celebrar su inabarcable talento, aunque su discurso de recepción del Nobel de Literatura lo leerá un académico sueco en su nombre, ya que Dylan ha argumentado que tenía otros compromisos. Ha asistido en primera persona a muchos premios salvo si estaba de gira y estoy seguro de que si hoy no está en Estocolmo es por motivos importantes. El caso es que hoy le dan el Nobel de Literatura y se suma a George Bernard Shaw como las dos únicas personas en el planeta que obtuvieron este galardón y a la vez un Oscar. Además de eso, Dylan tiene Grammys, Globo de Oro, Polar Music Prize, Pulitzer, etc, etc, etc. Seguro que hará un buen discurso, demostrando que no solo es un compositor musical excepcional sino que también posee un gran bagaje literario, algo que se refleja en sus biografías: un lector compulsivo. Por supuesto, Dylan merece el galardón, de la misma manera que lo pueden merecer escritores o poetas al uso, pero en ningún caso en menor nivel que ellos o ellas. Pero cuando hoy se lo den, no se lo darán a la música. Se lo darán a él. No creo que jamás un músico vuelva a ganar este premio. Quizá solo Cohen hubiese estado a la altura, ese Cohen que poco antes de morir dijo que darle el Nobel de Literatura a Dylan era “como premiar al Everest por ser la montaña más alta del mundo”. Cohen era elegante hasta en estas cosas y sabía que Dylan tenía 100 canciones sublimes y él quizá solo 30. Ojalá Dylan lo recordase hoy, aunque, con Dylan, nunca se sabe. Es parte de lo mucho bueno que tiene.
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