Venía ayer en la prensa que el último día del juicio del caso Noos había dicho la infanta C, a la que tengo vista en el Hola desde antes de que tuviera la verruga, que “qué ganas de que acabe esto para no tener que volver a pisar este país”. Esto la infanta que no lloraba como un teleñeco la noche en que su hermano iba de abanderado olímpico, sino la otra, la que cuatro años antes de que llorase tanto la hermana fue ella misma en carne propia abanderada en 1988 en Seúl, porque iba de reserva en vela, el deporte de moda en su barrio. Vivimos en un país rarísimo en el que 3 miembros de los 5 de una familia -sin incluir a Corinna- han sido abanderados olímpicos. Pues dijo “qué ganas de no tener que volver a pisar este país”. Suerte que tiene usted, su altezísima, de poder andar yéndose a los exteriores con su marido, el lateral derecho, y la descendencia rubiaza, que ya nos iríamos la mayoría de poder pagar un alquiler en Ginebra y currar para La Caixa y la Fundación Aga Khan, que es a lo que usted se dedica allá tras irse de aquí por la injusticia de Noos. Nos iríamos encantados, a escapar, por ejemplo, no solo de la situación laboral y económica de aquí, sino especialmente de la social, que permite que su familia y usted tengan algo que decir en este país sin debate posible ninguno y que los medios de comunicación principales aún sigan rehenes del lacayismo y un montón de situaciones tercermundistas que se dan en este país que usted con toda razón no quiere volver a pisar, el mismo país que usted ni se preguntaba si quería o no volver a pisar cuando pastaba tan ricamente por La Zarzuela y de ahí a Marivent y de ahí a Baqueira y de ahí a todas partes, todo a gastos pagados. Dios le otorgue a usted la justicia que merece y pueda marchar a donde quiera sin tener que mezclarse jamás con chusma como nosotros que aceptamos su supremacía sin rechistar. Disculpe las molestias. Y el olor.