Una cosa curiosa que sucede en la vida es cuando ves por vez primera en la ciudad a alguien al que solamente has visto en el pueblo, en decenas de ocasiones, en cientos, en miles. De repente, un día te cruzas con él por la ciudad y, sencillamente, algo no encaja. Tu cerebro tarda mucho más de lo normal en procesar la imagen y, de una extraña manera, o la rechaza o no la comprende, incluso te da la impresión de que tu amigo del pueblo ha perdido tamaño nada más entrar en ese nuevo escenario y que él tampoco se termina de encontrar cómodo del todo y está deseando terminar e irse al pueblo y verte allá, porque para él tú tampoco terminas de estar donde tienes que estar ni de ser el que eres cuando estás aquí. Esto es lo que me pasó la primera vez que vi vestido de calle y no con la equipación del Beste Iruña a Jesús Mauleón Ganuza, fallecido hace 3 días a los aún jóvenes 70 años. Y es que jamás había visto a Mauleón en otra situación que no fuera corriendo, ya fuera en carreras que corría yo hace mil años cuando él ya era un veterano fenomenal que también las disputaba o luego ya animándole desde fuera, siguiendo con admiración esa zancada de pasos cortos que tenía. Jesús Mauleón, el hombre flaco del bigote, siempre peinado hacia el lado derecho, con su pantaloneta modesta y austera, con sus zapatillas del montón, corriendo la Behobia en 1.07 -y en 1.08 con 46 años- y la Media de Pamplona en 1.11, marcas por las que ahora matarían el 99% de los runners fosforitos que circulan por esta ciudad a la que dio miles de veces la vuelta preparando carreras y disputándolas y crosses y pruebas en pista y todo lo que le cayese por delante hasta bien pasados los 60 años, alguien que quizá jamás ganó una carrera o terminado entre los 5 primeros más allá de campeonatos de veteranos pero que nunca dejó de amar el atletismo. Jesús Mauleón, el hombre que corría, descanse en paz.
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