De las cinco montañas más altas de la Tierra (Everest, 8.848 metros; K2, 8.611; Kangchenjunga, 8.586; Lhotse, 8.516; Makalu, 8.463) solo esta última ha sido ascendida en su totalidad en invierno -de campo base a cima- sin usar botellas de oxígeno artificial (lo lograron Urubko y Moro en 2009). El K2 no ha sido ascendido jamás en invierno -ni sin oxígeno ni con él- y Everest, Kangchenjunga y Lhotse sí, pero las 3 con el uso de botellas de oxígeno. Las botellas reducen centenares o miles de metros el tamaño de la montaña, por la sencilla razón de que calientan al alpinista, le ofrecen un suministro que su organismo no genera y le otorgan un rendimiento físico que por sí solo no tendría. En resumen, convierten la experiencia en algo artificial, meritoria pero artificial. Por ello, Alex Txikon está en el campo base del Everest para intentar subirlo sin esa ayuda, una ayuda que en la elite del alpinismo hace mucho que se considera dopaje, una trampa aunque sea pública que se le hace al propio cuerpo y, en cierta forma, a la opinión pública, que no termina de captar la abisal diferencia existente. Subir con o sin oxígeno al Everest traza una línea brutal, ya que sin oxígeno lo han hecho ni 200 escaladores y con oxígeno lo han logrado más de 6.500. No usarlo en invierno, con temperaturas que pueden llegar a los 60 bajo cero, es una apuesta enorme, aunque Txikon, que el año pasado ya fue el primero en subir al Nanga Parbat en invierno junto con Moro y Sadpara, cree tener las condiciones para lograrlo y ya se encuentra en el campo base sur efectuando los primeros reconocimientos. Hacía 18 años que nadie se acercaba a intentar subir el Everest en invierno, lo que certifica que lo que va a intentar Txikon es tan inútil como fascinante. Solo cabe desearle que tenga la cabeza que siempre ha demostrado tener a la hora de tener que darse la vuelta, porque capacidad le sobra.