Dice el director de la Vuelta a España, Javier Guillén, que para 2017 su carrera no se plantea eliminar a las azafatas -ganado femenino le llamo yo- de las entregas de premios y del podio porque “son profesionales de la imagen, hacen su labor de forma voluntaria y son tratadas con el máximo respeto a su integridad”. Bien, por el contrario, el Ministro de Deportes australiano apoyó que en la Vuelta a Australia que hoy acaba no haya habido azafatas porque “¿añaden algo estas mujeres a las carreras? ¿Pueden seguir adelante sin ellas? Yo creo que sí. No es coherente emplear el dinero de los contribuyentes para contratar a estas chicas y, al mismo tiempo, sufragar programas de salud mental destinados a ayudar a las mujeres jóvenes que padecen problemas relacionados con la imagen corporal”. Guillén dijo hace unos días, además, que no se manda una imagen sexista. No sé qué entiende por sexista este hombre, pero es sexista que sean siempre chicas, guapas y en la medida de lo posible ligeras de ropa, una epidemia que se da en la inmensa mayoría de eventos deportivos. Es acojonante ver cómo minutos antes de acabar las etapas del Giro, cuatro o cinco modelos pasean en meta los distintos maillots de la prueba y su paseíllo es emitido en directo por la RAI. Que Guillén y los estamentos implicados no vean que esta es una práctica o una cultura dañina -en el mundo del motor es especialmente dantesca- es un problema, puesto que si quienes tienen que decidir apelan a argumentos tan banales como que las chicas acuden libremente, son profesionales y no se les veja así a lo bruto y a diario pues no hay mucho que tratar con personal así. Este es un asunto que habría que zanjar vía legislación y que los estamentos públicos -hasta la carrera de pueblo más pequeña- prohíban nada similar, visto que muchas mentalidades siguen ancladas en el medievo y en el desnudo semanal del Interviú.