Supongo que en más de una ocasión se han sentido fuera de lugar. A mí me pasó ayer. En la panadería. Había pan con pasas y nueces, de cinco cereales, de siete, de espelta, de doble fermentación, de masa madre, de fermentación lenta, integral normal, integral de maíz, de maíz y arroz, solo de arroz y creo recordar que de centeno. Al pedir mi barra “normal, con su gluten y eso” me sentí observado, se volvieron hacia mi varias personas de las mesas en las que se habían sentado para despachar sus infusiones y sus zumos naturales y bollería ecológica elaborada con harinas molidas con las manos y cafés de comercio justo bajos en cafeína y un punto de achicoria como cuando lo hacía mi abuela porque en la guerra y luego no había café o era muy caro y tomaban achicoria y a la abuela la achicoria se le quedó. Vuelve la achicoria y el Ricoré. La tendera me dijo si no quería otra clase de pan y le comenté que no, que a mi esos panes a los que les han echado así harina encima como a voleo para hacer ver que son más sanos o más naturales o más lo qué cojones sea no me van, que si quisiese harina metería la tocha en una bolsa de Harinas Urdánoz y punto, que me diera “mi puta barra normal de 1,05”. Eso terminó de extrañar a los clientes, ya de por sí bastante extrañados y extraños porque tomaban sus infusiones y hierbajos y aguachirris de café sin azúcar refinado y tenían el sistema nervioso alterado por no decir que depresivo, a lo que no colaboraba en nada que la música era de una de esas lánguidas o chill out que acaban poniéndote de los hígados, que esta gente se cuidaba seguro mucho también, los hígados. Cuando me fui de allí seguían mirándose los unos a los otros como aves rapaces a ver si la abuela de la esquina terminaba de una vez el periódico gratuito y se lanzaban a por él como alimañas. O si moría incluso. Vamos directos al cataclismo con harina por encima.
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