dice Javier Torrens, una de entre las varias personas que han escrito una carta a los medios sobre el futuro de los Caídos, que ahí hay que hacer un museo, “un proyecto integrador y no frentista” y que “la historia no se tira”. Es una idea, tan válida como la que podamos tener otros ciudadanos, seamos ilustres pamploneses o no. Lo que no entiendo es por qué derribarlo es frentista y mantenerlo no o por qué mantenerlo es integrar y tirarlo es desintegrar, cuando la conexión desde el centro hacia Lezkairu, Arrosadia, Mutilva, Mendillorri, Ripagaina, etc quedaría maravillosamente bien integrada si volasen ese muerto y abriesen la ciudad por ese flanco, encajonado por una plaza desintegrada, fría, con un estanque triste, melancólico e inútil y unas escalinatas usadas mucho menos de lo que indica el sentido común y el volumen peatonal de la zona. La gente rodea el edificio, lo he visto hacer mil veces, antes que pasar por ahí debajo. Y lo seguirá haciendo, aunque dentro haya un museo que busque que “los pamploneses y los navarros nos reconciliemos con nuestro pasado”, como destacan Torrens y el resto. Creo que somos capaces de hacerlo sin necesidad de ver ese tocho y rodearlo. Y, además, ¿acaso no han desaparecido de la faz de esta ciudad decenas de cosas -¿no quieren volar en mil pedazos Salesianos, no querían tirar Maristas, no se cepillaron la Plaza del Castillo y montones de imágenes más, eso no es historia o qué es?- sin tanta defensa de quienes ahora sí se aferran a este armatoste? Porque ese mamotreto ya no solo es que represente lo peor de una época infame -un túnel oscuro de 40 años que nos puso a la cola de Europa en casi todo-, es que resulta un freno para la fluidez y la alegría de esa zona de la ciudad, es como una esquina sombría y meada al final de una calle luminosa. Es un sitio triste, feo y frío. Y, si el tocho sigue ahí, lo seguirá siendo.
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