El otro día se hizo una consulta popular en Zizur Mayor en la que votó el 23% de la población y por mayoría del 62% se aprobó que haya vaquillas en fiestas, algo que no hubo en las pasadas fiestas de septiembre porque en marzo hubo otra votación y salió que no, que no hubiese, aunque la mayoría fue por muy poco -51%-. Ahora han vuelto a votar para las fiestas de 2019 y habrá vaquillas en Zizur Mayor. En las fiestas de 2017 una vaquilla corneó a una niña de 7 que estaba viendo el asunto subida por fuera de las vallas -subida correctamente, pero a la que la vaca metió en el recorrido con sus golpes- y le dio dos puntazos y le partió la tibia y el peroné, pero si los alcaldes y alcaldesas que en el mundo son quieren seguir ofreciendo a los ciudadanos que sean quienes elijan estas cosas en lugar de ser ellos y ellas quienes asuman sus responsabilidades no seré yo quien diga nada, salvo estas líneas inocuas. Y es a través de estas líneas inocuas que me parece obligado decir que es una total dejación no tomar una decisión política firme sobre asuntos de este pelo. Esto no es el cartel de fiestas o alguna cosa menor. Es un tema importante: la visión y la decisión que tiene un ayuntamiento acerca de los animales y de su uso para eventos festivos. Uso y abuso. Cualquiera que haya estado en un pueblo con sueltas de vaquillas sabe de qué se habla y de que los animales ganar lo que es ganar no tienen nada que ganar. No hay por qué tratarlos a hostias para que en sí misma la actividad sea deleznable, por mucho que sea “una tradición”. Es una tradición austrolopiteca y como tal tendrían que ser los principales poderes públicos los que decidieran sobre ella y asumieran las posteriores consecuencias electorales de sus decisiones, se llamen vaquillas, encierros, corridas o lanzamientos desde el campanario. Y vale para Zizur, Pamplona o Estambul.