Cerca ya de cumplir los 72 años, que ya son ganas de seguir en la faena, por cierto, Juan Carlos Peinado decidió alborotar este sábado, que se presumía soporífero, de calor, Mundial y moscas. Su auto, en el que retira el pasaporte de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, antes de enviarla a juicio, supone, además de una calamidad ortográfica –basta echar un vistazo al modo en que coloca las comas–, un exceso jurídico carente de sentido y de fundamento.
Un texto que, por sus afirmaciones, criticadas incluso por el sindicato mayoritario de la Policía Nacional, solo arroja más dudas acerca del modo de operar de un juez cuya instrucción ha sido corregida en numerosas ocasiones por instancias superiores y que, en su inédita decisión, atendía las peticiones de la organización ultraderechista Hazte Oir y de Vox.
Con su auto, Peinado quizá encuentre el final de carrera glorioso con el que soñaba cuando, con 40 años, decidió convertirse en juez. Pero solo añade más sombras a una causa a la que le falta fundamento y le sobra ruido. Y enfanga aún más un debate político con base en Madrid, empeñado en rebozarse en la porquería, pero sin hablar del futuro ni del proyecto común imprescindible ante los tiempos que se avecinan.