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¿Somos solo consumidores?

Como de todos los ejemplos que queramos poner, de una experiencia personal no se puede sacar una reflexión general, pero a mí los taxistas me caen bien: antes, ahora y luego. Como en toda huelga, habrá excesos intolerables y como en todo gremio habrá jetas, malos profesionales y muchos cambios a introducir, pero, en general, no tengo ninguna mala experiencia con los taxis en esta ciudad. Y he cogido bastantes, por no tener carnet de conducir y por las prisas que a veces se tienen y que con las villavesas no llegas a tiempo. Por supuesto, sé lo que es esperar mucho rato y ciscarme porque no lleguen o porque no hay “cuando más se los necesita” y todas estas frases que todos hemos soltado, pero creo que es un curro exigente, puñetero, arriesgado incluso, desagradable a veces y en el que hay que meter muchos años para amortizar la licencia. Que esté controlado por la administración -y aún mejor si lo estuviese todavía más y más reguladas determinadas prácticas- y que todas ellas y ellos coticen aquí y paguen sus impuestos y sepa a dónde dirigirme si hay un problema me parece que es una ventaja. ¿Caro? Depende? Caro es un gintonic por 8 euros y un filete cocido por 20 y 1,20 por 70 mililitros de café solo. No sé yo si un lujo -porque es un lujo, lo normal es autobús, andar o la bici- como un taxi se puede tachar de caro. Seguro que las tarifas se pueden ajustar, pero de ahí a caro? El tema es que veo más social seguir pensando no solo en uno mismo como consumidor sino en el paisaje urbano -y económico general y fiscal y?- que se quedaría si solo miramos el precio, mientras Uber y estas plataformas digitales de transporte con trabajadores no contratados siguen engordando sus cuentas corrientes. No sé, los dos fundadores de Uber tienen cada uno en apenas unos años 6.000 millones de euros. Prefiero pagarles la tarifa a los varios colegas que tengo que conducen su taxi.