Y tiro porque me toca

El horror...

13.03.2022 | 01:43
El horror...

¿No ha hecho más que empezar? Por mi gusto dejaría este artículo en blanco, o en negro, con los plomos vueltos, pero ya no hay plomos y podría interpretarse como una deserción o un gesto dadaísta que está de sobra.

Poco hemos avanzado desde la semana pasada en el saber qué decir sobre esta guerra de invasión que se desarrolla a las puertas de la Europa comunitaria, y en la repulsa que me produce lo que está padeciendo la población ucraniana, dentro de sus fronteras y fuera de ellas en un éxodo de proporciones gigantescas que ya ha empezado a mostrar sus negruras. Los desplazados son un blanco fácil y son los más débiles, eso sin lugar a dudas. Empieza a hablarse de desprotección de la infancia y de trata de personas. Un horror encima de otro. El desastre no ha hecho más que empezar.

Me gustaría saber cuál es el grado de veracidad de la información a la que accedo y a la que estoy sobreexpuesto porque no puedo apartarme de ese goteo incesante de últimas noticias. Me refiero a la que no es solo testimonio presencial de hechos concretos. Me apabullan las imágenes que nos llegan y los relatos: ese hospital bombardeado, ese psiquiátrico lo mismo, escuelas, viviendas, alguna iglesia, ciudades sin suministros elementales, hambre, sed, frío... la gente de aquí para allá arrastrando cuatro titos y dejando a sus espaldas lo que cada vez se va viendo más como un mundo, el suyo, arrasado... ¿Tendrán vuelta atrás? ¿Cómo?

A la población rusa, la que no está participando en modo alguno en la dirección de esta guerra de invasión, no creo que le vaya a ir mejor en un futuro bien cercano. Su capacidad de rebelión es nula. Esté o dejé de estar en contra de la guerra, va a pagar el efecto de las sanciones económicas cada día más brutales que Occidente aplica a Rusia. Tal vez con menos sangre, pero sin duda con padecimientos intensos cercanos a una catástrofe humanitaria... otra. Como digo, un horror encima de otro. Va a morir mucha gente y no por las armas. No hace falta ser adivino de feria para sostenerlo.

Nada va a ser lo mismo... Estoy seguro de ello, estoy seguro de que vamos a depender de las consecuencias de la guerra ruso-ucrania por mucho tiempo, más de lo que nuestra detestable ministra de Defensa augura que van a durar las operaciones militares. Estamos armando a los ucranios para que se puedan defender con eficacia frente a un enemigo muy superior, pero espero que ayudemos a la reconstrucción de un país que va camino de una heroica ruina total, sin que esto sea el negocio eterno de unos pocos, aunque esto nos cueste sacrificios a todos, ya estemos en contra o a favor de las operaciones militares defensivas, que nos va a costar.

No quiero ni imaginar cómo puede ser la vuelta atrás de esos más de dos millones y medio de desplazados que poco a poco van encontrando refugio en países de la Unión Europea. ¿A sus casas? ¿Qué casas? ¿A sus vidas... qué vidas? No creo que todos regresen porque ya no tienen a dónde –a juzgar por la amplitud de las ruinas que se nos muestran a diario–, es decir, porque no pueden y espero que no acaben siendo devueltos, cuando representen una carga a añadir a las que sin duda vamos a padecer, en guerra estamos, aunque no disparemos, por el momento, proyectiles de manera directa. Sería canallesco, más que inhumano, rechazar a los refugiados, pero la pandemia me ha hecho ver que, en lo social, no hay bellaquería que no pueda darse por oportunismo político o porque sí. La extrema derecha española ya ha empezado con sus inauditas crueldades xenófobas, por el momento verbales, pero que alimentan sus discursos electorales. Estimo que se hacen necesarios planes sólidos de acogida e integración, urgentes, de cara a un futuro inmediato que es una incógnita total. Si es cierto que nada va a ser igual, espero que al menos en lo más inmediato, en lo doméstico, no sea peor que hoy mismo. Estamos envueltos en el miedo y la incertidumbre. Somos más vulnerables de lo que pensábamos, nos pongamos o dejemos de poner el repulsivo disfraz de matamoros para dar voces bravas en la lejanía.

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