uno de los grandes retos del capitalismo del siglo XXI es el control total del dinero. Y no me refiero al dinero así, en abstracto, que ya lo controlan, sino al poco que nos queda en los bolsillos. Hasta los bancos dicen estar preocupados porque las nuevas formas de cobro y pago puedan llegar a suponer un problema para ellos. Lo ha dicho Francisco González, el mandamás del BBVA: "Los bancos que no estén preparados para los nuevos competidores como Google, Facebook o Amazon se enfrentan a una muerte segura".
Nuestros antepasados descubrieron hace milenios el trueque que, por cierto, vuelve a estar de moda en determinados círculos que tratan de encontrar alternativas al feroz consumismo que nos rodea. En el siglo VII a.C. llegó la moneda, catorce siglos después los chinos inventaron el papel y en la segunda mitad del siglo XX se generalizó el dinero de plástico. Ahora parece que todos ellos tienen los días contados. El final del dinero físico, el que llevamos en las carteras, no está muy lejos, advierten algunos, que hasta se atreven a aventurar fechas. En los próximos 15 años desaparecerán las monedas y en unas décadas más los billetes, aunque nadie sabe por qué serán sustituidos exactamente.
Ahora mismo, cualquier dispositivo electrónico es ya capaz de realizar transacciones y pagos, comprar y vender desde un caramelo a un paquete de acciones, cualquier cosa, y todo sin que el dinero sea tangible. Pero esto solo es la punta del iceberg tecnológico. El dinero virtual está también ahí, por ejemplo en Bitcoin, el sueño digital de moneda universal sin autoridades económicas ni bancos. Los más optimistas creen que esta revolución que se intuye traerá progreso económico, sobre todo a los más pobres. No existirán falsificadores, delincuentes económicos ni dinero negro. No lo creo. El capitalismo tiene capacidad de sobra para reinventarse y encontrará la forma de exprimirnos. Como siempre.