Confieso que soy adicto a Breack Bricks como Celia Villalobos lo es a Candy Crush. Más o menos. Ese maldito juego de móvil me hace perder muchos ratos muertos a los que podía dar mejor ocupación. Y ahí andaba yo, destrozando ladrillos a golpe de pulgar, cuando la voz de Mariano Rajoy se cuela por el televisor. En ese tono entre irritado y arrogante del que ha hecho gala en el debate del estado de la nación, el presidente del Gobierno concluye que el país no estará tan mal cuando la sanidad es universal y gratuita, están registradas cerca de un centenar de universidades y, en adelante, cada año medio millón de personas van a encontrar un empleo. Le atizo al último ladrillo y paso de pantalla.
Y ahora a por las bombas y a ganar segundos. La pantalla revienta en colores como un castillo de fuegos artificiales. Y pienso que Rajoy observa de la realidad solo uno de esos pequeños fragmentos, el más brillante, el que es más proclive a sus planteamientos. Porque en realidad el universo de la sanidad tiene el agujero negro de las interminables listas de espera; los miles de jóvenes con carreras universitarias difícilmente superan el escalón laboral de becario, perciben sueldos que no guardan proporción con lo que les cuestan las carreras a las familias y acaban buscando oportunidades en otro país; y, en fin, las decenas de miles de nuevos empleos son hijos putativos de la reforma laboral y tratan de ocultar la destrucción de contratos indefinidos. Y con el discurso he perdido una vida...
Time: 10 segundos. El rótulo, intermitente como un semáforo en alerta, me avisa de que o espabilo o el juego termina. A Rajoy le debe estar ocurriendo lo mismo: el ladrillo gordo del PSOE se ha autodestruido pero el muro de Podemos crece más sólido y es difícil de derribar. El líder del PP, sin embargo, manda a todos a paseo. Celia Villalobos apaga la tablet. Tic, tac, tic, tac, que diría Pablo Iglesias. Game over.