“si hubiera recibido dos tortazos a tiempo?”. Los moldes de la vieja educación encuentran fiel reflejo en esta frase que atribuye las fechorías del presente a lagunas de autoridad durante el periodo de educación. Una doctrina de mano dura que servía lo mismo para el entorno familiar y escolar, cuando se delegaba en el maestro la potestad paterna del castigo y del cachete. Severa pedagogía esa de enderezar a los chicos más inquietos, revoltosos o poco aplicados para el estudio a base de sopapos o golpes de regla en las yemas de los dedos. Una práctica sin contestación social porque no se ponían en cuestión sus resultados como tampoco había discusión posible sobre el contenido de las asignaturas de Historia o Religión.

Ayer el Consejo de Europa condenó a Francia por no prohibir en su legislación los castigos corporales a los niños, ya que sigue contemplando la opción de corregir a los pequeños abusando de la fuerza, siempre que ese maltrato, dicen, sea de baja intensidad y que persiga un fin educativo. Desconozco quién ni cómo mide la intensidad de ese maltrato, si en la fuerza del ejecutor o en la resistencia del agredido. Según encuestas, sin embargo, el 80% de los franceses apoya estas prácticas, desterradas en España desde 2007. Paradojas de un país que redactó a finales del siglo XVIII la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

No sé si le faltaron dos tortazos de crío o le sobraron tres copas de adulto al tipo ese que grabó su agresión a una mujer en las calles de Barcelona, escena miles de veces repetida en redes sociales y televisiones. Pero estoy seguro de que si llega a caer en manos de mi primer maestro le quita la tontería de un pescozón, sin derecho a réplica ni apelación al Consejo de Europa. Y pegaba bien el condenado? Pero desterrado y sancionado el castigo en el marco de las aulas -no puede ser de otra manera-, la supuesta autoridad para reprender queda en manos de los medios audiovisuales, donde vapulean con saña al impresentable sujeto, desnudan su vida y su pasado, sitúan las cámaras delante de su domicilio y llegan hasta su familia. Tan excesivo como su vil agresión.