Los geniales humoristas Tip y Coll hicieron muy popular en los ochenta aquel latiguillo de “la próxima semana... hablaremos del Gobierno”. Nunca llegaron a cumplir la amenaza porque su humor surrealista no necesitaba ni tirar de tópicos ni de imitaciones de personajes. Trasladado a nuestros días, puedo anunciar que mañana seguiremos escribiendo sobre la corrupción. Y no tiene ninguna gracia. Incluso reconozco que corremos el peligro de abrumar al lector y de dejar de lado asuntos más cercanos y cotidianos, preocupaciones de la gente de la calle que quedan semiocultas por tanto ruido de tarjetas negras, cuentas B, recalificaciones, amaños de partidos, fugas de capital a paraísos fiscales, mordidas y todo lo que quepa en el manual de artimañas de este país de lazarillos, rinconetes y cortadillos. La corrupción lo invade todo, llegando hasta monopolizar el debate político y convertirlo en un interminable intercambio de reproches. ¡Y tú mas! El ejemplo más reciente es de ayer mismo: el presidente del Gobierno y el líder de la oposición se citan en el Congreso para debatir sobre la gestión de las inundaciones en la cuenca del Ebro y en lugar de buscar soluciones para los afectados y exponer proyectos que eviten nuevas riadas, cada uno airea las miserias del partido del otro. Sánchez le menta a Rajoy la trama Gürtel y el presidente al líder socialista los 850 millones de los ERE de Andalucía. De Castejón, de Tudela, de Pinta y de Quinto de Ebro no hablaron.
“Solo salen en el periódico los que roban”, me lanzó ayer alguien en tono de reproche. Y tenía parte de razón porque la actividad a la que él dedica su vida profesional, ajustando presupuestos, derrochando horas, compitiendo con honradez y siendo fiel a normas, leyes y reglamentos, su trabajo, que alcanza también a la sociedad, pierde espacio y eco público mientras crece el rastro de los corruptos. Es cierto que el desequilibrio existe, y si no sigan pasando páginas. Pero alguien tiene que denunciarlo y contarlo. Así que mañana también escribiremos de la corrupción.