si lo dice Pako Etxeberria, no me quedan dudas de que en ese montoncito de huesos y abalorios encontrados en una sepultura de la iglesia de las Trinitarias hay restos de Miguel de Cervantes. Tampoco cuestiono que el gasto de 114.000 euros por parte del Ayuntamiento de Madrid termine resultando una inversión a corto plazo (en abril de 2016 se cumplen cuatrocientos años de su muerte) que sirva para enganchar, según los planes del consistorio y del ministerio, al turismo cultural. Otro asunto es que el negociado que dirige Wert manifieste el mismo interés por otros capítulos en los que los recortes aplicados han desbaratado proyectos o actuaciones en marcha. Para un caso y para los otros sirven los datos aportados por el Anuario de Estadísticas Culturales, que meses atrás hacía hincapié en que “la desinversión” en cultura propició durante 2013 dejar de ingresar algo más de mil millones de euros en las arcas públicas del Estado.

Cuatro siglos después de su fallecimiento, los restos de Cervantes no consiguen descansar en paz; como si necesitara que su obra volviera a estar de actualidad o se reabriera el debate de la lectura obligatoria del Quijote en los colegios... Esa mirada atrás, necesaria, por otro lado, en muchas ocasiones, no debería apartar la vista de hechos similares que tienen lugar ahora mismo pero que ni encuentran idéntico eco mediático ni alcanzan la misma disponibilidad económica. Me refiero a la localización y apertura de zanjas y fosas comunes en las que a día de hoy siguen ocultos a los ojos de la historia y de sus familias los huesos de gentes asesinadas por el franquismo. Una tarea para la que, en el caso del Parlamento foral, hay aprobadas partidas presupuestarias, pero que no llegan a ejecutarse en su totalidad por parte del Gobierno.

Cervantes quería que sus restos estuvieran enterrados en las Trinitarias, según el investigador de la Universidad de Navarra, Carlos Mata Induráin. Los avatares del tiempo echaron sobre los suyos otros sacos de huesos. Ahora, por unos intereses o por otros, se pretende certificar con claridad su identidad y paradero. Un deseo extensible a quienes también escribieron otro periodo de la historia, lo hicieron con la tinta de su sangre pero que siguen pasando de puntillas por las lecciones impartidas en las aulas.