Dudas razonables

En un sitio como éste

08.02.2020 | 20:10

Dice el negro de Vox, Ignacio Garriga, que está harto de que le llamen el negro de Vox, porque eso es racismo, sin querer entender que no se lo dicen en plan faltón, sino por la sorpresa que causa el oxímoron de un negro en un partido racista.

Es la misma sorpresa que causa ver al homosexual Javier Maroto en el PP, partido que si por él fuera los homosexuales seguirían siendo ciudadanos de tercera -se opuso a legalizar su matrimonio, hasta el punto de llevar la ley ante el Constitucional, y aún se opone a que las parejas homosexuales adopten niños-.

"¿Qué hace un chico como tú en un sitio como éste?" habría que cantarles, a lo Burning.

En la política, la coherencia nunca ha cotizado al alza, y por eso es tan común ver neoliberales que en su vida han trabajado en el sector privado; o podemitas cuyo elan vital es un chalet de 600.000 euros; o, lo más habitual, predicadores de la ética que roban todo lo que pueden. Pero todos esos incoherentes tienen en común que lo hacen para su propio beneficio, mientras que Garriga y Maroto están donde no quieren a gente como ellos.

Y si en la política pasan estas cosas, en la religión es aún peor. Es alucinante que no se salgan de la Iglesia católica los divorciados -que a ojos de ella están excomulgados y, si se han vuelto a casar, viven amancebados, en pecado-; los homosexuales -como poco les llaman enfermos o viciosos, y hay obispos que incluso les consideran pederastas-; y, por supuesto, toda aquella mujer que aborte.

Aunque también es cierto que en esto de la religión cada creyente hace de su capa un sayo: ¿quién no conoce personas convencidas de ser buenas cristianas pese a incumplir una o varias de esas normas supuestamente fundamentales de la Santa Madre Iglesia?

Es la religión a la carta, personalizada: me quedo con la creencia de que Dios existe y de que hay que ser buenos, y lo demás es puro accesorio para que estén entretenidos los teólogos. Que es, como decía no sé quién, la religión como el cocido la pizza o, últimamente, hasta la paella: cada uno le pone y le quita los ingredientes que le da la gana, y si lo que sale me convence que le den morcilla a los puristas.